Era una familia de agricultores con seis hijos. Los mayores estaban orgullosos de ayudar a su padre en las tareas del campo, ¡qué eran muchas! Tenían viñedos, olivares y hortalizas.
El pequeño de la familia no le gustaba ir con su padre y hermanos a trabajar. Siempre estaba con una pelota en los pies.
El padre le decía: “nos tienes que ayudar, estás siempre racaneando, no sé cómo te las apañas”. A regañadientes se iba a las tareas.
Un día, habló con su madre y le dijo: “cuando cumpla la mayoría de edad me voy, no me gusta el campo, quiero jugar al fútbol y lo tengo que lograr, iré con los más grandes”. La madre se disgustó.
Cuando llegó el marido a casa, le contó lo que le había dicho el hijo pequeño. El marido se calló, no dijo nada. Pero al día siguiente por la mañana muy temprano se marchó, para apuntarlo en una escuela deportiva.
Al cabo de un tiempo prudente lo llamaron para hacerle unas pruebas. Era tan bueno que en aquel momento le ficharon. Roberto estaba feliz. Pasaron unas semanas y el equipo salió para Londres. La estancia allí era monótona, pasaba los días entrenando y estudiando.
Por las noches cuando se retiraba a descansar, se acordaba de su tierra, no hacia nada más que añorarla.
No importa donde se nace. Pues cuando sales a otras tierras, añoras la tuya propia. Y quieres volver cuanto antes.
Tere
Premio al mejor final con moraleja.
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